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![]() La vivencia con todos sus colores. (Introducción al libro”De Roca y Yerbabuena” de Rosario Bersabé Montes.) Un poeta es un ser en formación y crecimiento continuo, donde el asombro, la búsqueda y el descubrimiento perfilan en gran medida su conducta cotidiana, su relación con su tiempo y con su espacio. Este proceso dinámico lo nutre de manera permanente de todos los aspectos que le rodean y que pasan a integrar su bagaje cultural, siendo en el tiempo las materias primas de su creación. Es así que en el hecho de leer, de estudiar y sobre todo de vivir, nos percatamos que la palabra poética es una esencia que se anida a plenitud en los sentidos del poeta, evolucionando y potenciándose con él, manifestándose tanto en lo trascendente como en lo anecdótico, en la revelación global de su lenguaje. De tal manera, la poesía se hace representativa y rostro fiel del medio individual, social y geográfico del poeta, de la atmósfera intelectual y emocional que la origina. La poesía española tiene un carácter muy propio. Durante centurias ha gozado de una vitalidad impresionante, fructífera, esencial. Bien cabe preguntarse a qué se debe semejante fenómeno. En mi particular y humilde juicio, se debe a una razón muy simple: a la valoración, al respeto y al cultivo de una tradición poética desarrollada y enriquecida por siglos, y a la transmisión natural de ese tesoro. Y he aquí la impronta fundamental de este desarrollo poético basado en una tradición en que el poeta toma, re-crea, ejerce y esgrime los aspectos formales más depurados y sólidos de sus predecesores generacionales y los dirige con un viento nuevo, sin tomar la tradición como una pieza de museo, sino encausándola y expresándose con todas las materias de su experiencia vital y cotidiana, plasmando en su lenguaje aquí y ahora aquello tan vasto que extrañamente definimos con una sola palabra: “la realidad”. Rosario Bersabé Montes es una dignísima poeta, que podemos catalogar en primer término como egoísta y mezquina por no dejar que nos regocijáramos antes apreciando las joyas de su talento poético. Y que no nos venga a esgrimir razones de timidez o excesivo respeto por los maestros que la preceden, porque su palabra poética porta un sello de calidad insoslayable. Leemos con deleite los escritos de este su primer libro “De Roca y Yerbabuena” y al margen de la temática determinada que abordan las composiciones, nuestra poeta nos dice en cada poema claramente lo siguiente: la poesía es un canto, siempre lo ha sido, siempre lo será. Y aquello no es un hecho puntual ni fortuito, y nuestra autora, debido a su formación y experiencia, lo sabe a cabalidad. Porque a través de la historia infinita de la poesía, si hay algo que define la esencia fundamental de la expresión poética es el sentido del ritmo y la sonoridad de la palabra en correspondencia armónica con la sustancia de lo que se dice, en comunión feliz con el significado. Un poema es una obra de arte y debe portar belleza, profundidad semántica y equilibrio. Cabe entonces evocar en palabras de la propia autora la situación expuesta más arriba. Nos dice en un cuarteto de su poema titulado precisamente “El Verso”: “El verso es un retoño en primavera,es el fruto en la higuera de los huertos,rosas con pétalos marchitos, yertos,es raíz que da vida a la quimera.”Vemos entonces que para nuestra poeta, lo nuevo y lo marchito, el sueño y lo tangible, la vida y la muerte, palpitan de igual manera en la belleza enérgica del vocablo artístico, en el balance de la poesía. Es una mirada y un concepto amplísimo y muy interesante, la manera que tiene Rosario Bersabé de ejercer la poesía en forma y en contenido. El libro está dispuesto en secciones que abarcan temas y formas comunes que definen un espíritu corpóreo. Nada le queda grande a nuestra autora. Habla con propiedad y soltura en verso libre, en coplas, en el romance clásico, en décimas y en el excelso arte del soneto, tan exquisitamente cultivado por los poetas más insignes de su tierra (Quevedo, Lope, Góngora, Machado, Alberti, Hernández, García Lorca, Murciano, Hierro, etc..) Pero he aquí que cada poema tiene un sello personalísimo donde la forma es la base necesaria para mostrar la profundidad y la hermosura original del contenido, creo que allí se encuentra la valía vital de estas composiciones, porque son una simbiosis de cuerpo y espíritu que se sostienen y proyectan con la misma fuerza. Por tomar algunos pasajes al azar, podemos ver por ejemplo que en la sección “Rito Sublime” se despliegan versos que conjugan la métrica fija con la estructura libre. Portan en su mayoría una visión nostálgica de la realidad, una soledad que embarga el tiempo de la memoria y el tiempo inmediato de la hablante, como una angustia de ser y de estar: “Hoy me encuentro peinando hebras de platadelante del espejo,a solas con mi cruz...”(Recuerdos) “Y ese llanto de un niño, con los ojos resecoscomo cántaro vacío que dejó de rezumar...” (Sueños de arcoiris) “...cayendo grano a grano, día a día,en el vértigo amargodonde reclamo abrigo..."(A Solas) Creo que en la sección “una canción de tus labios” es donde mejor se advierte la influencia, el oficio y el cariño de nuestra poeta por las temáticas y las formas tradicionales de la poesía de su pueblo. Aquí el romance de la más fina autenticidad española vibra con vida propia y observamos versos dignos del mismísimo García Lorca o del mejor Alberti: (La muerte del ruiseñor) “¿A qué sabe la nostalgia,de qué color son los nardos?¿Son negros como el olvidoo son del color del llanto?”(Sin recuerdos) Esta poeta sabe perfectamente de dónde es, y para dónde va. Su temática principal es el realce de su origen andaluz y el amor familiar como pilares de su vida y su palabra. Creemos que en efecto Rosario Bersabé Montes a través de su poesía le otorga a la tradición poética de su tierra una “segunda juventud”, para usar una imagen acuñada por ella misma. Mención especial merecen los sonetos de cierre, sección titulada “los sonetos del arraigo”. Aquí la autora despliega un conocimiento y una sensibilidad que sobrecogen por la precisión y la profundidad de estos poemas. Para ir concluyendo con las citas, tomemos precisamente el último de estos sonetos y que es a la vez el poema que da culminación al libro: “No pido nada, porque nada quieroya tengo todo cuanto necesitosoleado rincón de un pueblecitoque me da su calor el mes de enero.Y tengo un gran amor por compañerocon quien vivo feliz, con quien palpito,y un baúl donde guardo un manuscritocon mis versos, mi pluma y mi tintero. lo destapo buscando mis recuerdosy encuentro sufrimientos y alegrías las rosas, las espinas, los dolores. Tentaciones, ofensas, desacuerdos, sueños, caprichos, magia, fantasía,¡Mis vivencias…con todos sus colores!” (Nada Pido) Con todos sus colores... así son los endecasílabos y las estrofas de estos sonetos, donde cada cuarteto y cada terceto cumplen su función con propiedad y belleza, con fluidez rítmica, con razón de ser, con arte y esmero. Aspecto digno de destacar de este hermoso poemario, es la dualidad que se produce entre la pulcritud estricta de la técnica versal, en simultánea armonía con la sencillez de su lenguaje, con la claridad y la diáfana humildad que de estos poemas se desprende, cautivando nuestro aprecio y nuestra emoción, haciéndonos sentir y pensar de una manera efectiva. Estos poemas de Rosario Bersabé poseen precisamente aquello: la roca sólida de la tradición que la sostiene, y asimismo la yerbabuena del retoño que se renueva en su raíz permanente, que habla con su propia belleza, desde el punto de origen de su huerto productivo. Yo no sé qué dirán más tarde los filólogos, los lingüistas o los historiadores, pero cuando se estudie la poesía que se editaba en España a comienzos de este siglo se verá que los buenos poetas no pueden ni desean sustraerse de su raíz más propia para crecer desde allí, para hablar con su voz individual, con su registro único, en una frecuencia creada, re-creada y compartida por generaciones. Porque las aguas del canto corren límpidas y consistentes por cauces naturales y la Poesía sabe ocupar el lugar que le corresponde. Es así que Rosario Bersabé Montes nos agasaja hoy día con un banquete lírico, al cual es imposible resistirse. Qué nos queda sino disfrutar y agradecerle. Hugo González Hernández. Santiago de Chile, agosto 2008.
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